Raúl Otero Reiche, cuya brillante trayectoria multifacética de educador, hombre al servicio de la cultura y poeta, ha sido ampliamente conocida dentro y fuera del país, ha seguido los pasos de los insignes del pasado: Esopo, Jean de la Fontaine, Tomás de Iriarte, Félix María Samaniego. Como ellos, personifica a los animales y les presta los hábitos, las cualidades, las virtudes y los vicios de los humanos. Siguiendo el molde clásico, divide el apólogo en dos partes: la primera en el cuerpo de la fábula, y la segunda, el alma o moraleja. Como sus antecesores, descubre y ridiculiza las malas intenciones y las flaquezas de sus protagonistas. Así la fábula imparte —suministrada en pastillas— una enseñanza didáctica y moral.